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miércoles, 10 de diciembre de 2025

El Arco de Cupido

No es una mera casualidad anatómica que el labio superior trace esa curva que poetas y médicos llaman el Arco de Cupido. Hay en esa geometría una advertencia: nuestra boca es un arma de tensión; lo que de ella emana no es aire, sino flecha. Ya lo sentencia la antigua sabiduría: «No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca...» (Mateo 15:11).

Ese arco no es solo estético; es un poderoso símbolo: es el puente, el istmo vibrante que conecta el laberinto del cerebro con la voluntad del corazón. En esa frontera se fragua la palabra. Antes de ser pronunciada, la idea es pura abstracción mental; pero al pasar por el arco, se carga de la sangre y la intención del pecho.
El lenguaje, entonces, no es un inocente intercambio de signos, sino, como señala el profesor Jesús G. Maestro, una tecnología. Un mecanismo natural y perfecto de conquista sobre la realidad. Prueba de esta ingeniería es el Quijote; Cervantes no escribió una simple novela, sino que desplegó la potencia tecnológica del español para reinterpretar el mundo, demostrando que la mitología y la literatura es una fuerza capaz de construir -o destruir- el intelecto humano y su propia realidad.
Confieso que durante años desdeñé mi propia lengua, mis referentes pensaban en inglés, francés o alemán; acudía a traductores que, aunque expertos lingüistas, ignoraban la alquimia, la teología y el simbolismo tradicional. Creía que la verdad habitaba en la sintaxis ajena. El tiempo me reveló la falacia: cambiar de idioma no es cambiar de ropa, sino de alma. Al regresar a la matriz del español, comprendí que el lenguaje estructura lo que somos capaces de pensar. Hablar es habitar una filosofía.
Es vital reflexionar cada vez que el arco de nuestra boca se tensa: no solo dispara un sonido, proyecta una arquitectura mental y simbólica milenaria. La flecha, liberada de la cuerda, ya no pertenece al arquero, sino al destino de quien la recibe. Cuidar el tiro, entonces, no es un acto de gramática, sino de supervivencia espiritual ante este presente cacofónico, para evitar, como sentenció Charly García con absoluta lucidez, que el aire vibre mal.
Emanuel Mari

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Gandhi.

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