No es una mera casualidad anatómica que el labio superior trace esa curva que poetas y médicos llaman el Arco de Cupido. Hay en esa geometría una advertencia: nuestra boca es un arma de tensión; lo que de ella emana no es aire, sino flecha. Ya lo sentencia la antigua sabiduría: «No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca...» (Mateo 15:11).
Ese arco no es solo estético; es un poderoso símbolo: es el puente, el istmo vibrante que conecta el laberinto del cerebro con la voluntad del corazón. En esa frontera se fragua la palabra. Antes de ser pronunciada, la idea es pura abstracción mental; pero al pasar por el arco, se carga de la sangre y la intención del pecho.
El lenguaje, entonces, no es un inocente intercambio de signos, sino, como señala el profesor Jesús G. Maestro, una tecnología. Un mecanismo natural y perfecto de conquista sobre la realidad. Prueba de esta ingeniería es el Quijote; Cervantes no escribió una simple novela, sino que desplegó la potencia tecnológica del español para reinterpretar el mundo, demostrando que la mitología y la literatura es una fuerza capaz de construir -o destruir- el intelecto humano y su propia realidad.
