Es una herida que respira. No hay sangre, sí, pero hay esa humedad de lo que aún no termina de secarse. Las cartas se leen y se releen; las cenizas aún guardan calor. Los rituales se repiten porque algo quedó inconcluso.
Y la lucha es la prueba de que el ayer no está muerto: está agazapado, esperando que alguien lo nombre para volver a ocupar un lugar en el presente.