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martes, 25 de julio de 2017

....a partir de ahora buscaré los siempres de los jamases

La razón del erizo
Inventar el regreso del mundo
después de su desaparición.
E inventar un regreso a ese mundo
desde nuestra desaparición.
Y reunir las dos memorias,
para juntar todos los detalles.
Hay que ponerle pruebas al infinito,
para ver si resiste.
                               Roberto Juarroz




















Una Pompeya de cristales nos dejó el último invierno, a nosotros constructores de páramos eternos. El granizo de nuestros ojos unió los extramuros del mundo donde supimos encontrarnos sin buscarnos, dos historias inconclusas y un solo accidente.
Supe habitar las ventiscas de tu boca y escalar esas sonrisas itinerantes sin la necesidad de mantas piojosas sobre los hombros. Tronchado de ocasos rastreros, las estalactitas en mi espalda son vestigio de horrores inacabados, aferradas a mi piel como la escarcha a tu cabello, como la aurora a los desvelos que compartimos en la complicidad del presente, admirando las estatuas de hielo de los que quisieron conquistar nuestras cumbres y no pudieron con la muerte que habita en nuestras laderas pedregosas.

Pájaros taciturnos van siguiendo nuestros cantos amargos, como hilachas hilvanando una tristeza ecuménica, terrible en su realidad y su presencia: la tristeza que chorrea de las espinas de tu vientre cada vez que me rasgan las manos y los andrajos en los que habito en este páramo. El frío acechante, rumiante de despedidas y olor de hospitales va cercándonos paulatinamente el horizonte,
observando inexorable como se rozan las cuchillas, inconmovible ante las ortigas que nos van repletando la garganta a cada tranco que damos.

El invierno se detuvo en el momento exacto...

Antaño macizos incólumes, bastó echarnos a andar por el mismo sendero para comprender el dolor como lo inevitable, lo bellamente inevitable. En la lejanía los témpanos, en la cercanía los muros; la vida, cual matarife en instalaciones mohosas, secciona cada pedazo que sirva a la industria del fracaso. Despedregado, transito por tus aceras heladas recogiendo tus esperanzas, cobijándolas en mis bolsillos cual reliquias de épocas remotas, cuando nuestros pasos convergieron al alero del humo, el bullicio de bares y estaciones de trenes.
Trapecistas buscando el equilibrio entre los cortes y el frío. Dos erizos evitando la muerte en medio de la tormenta. De pupilas escarchadas y gélido andar nos constituimos, buscando la distancia precisa entre nuestras espinas y los témpanos. Será nuestro calor contra los designios de la estepa...

Si el hielo tus ojos conquistó, en la tundra hoy tiemblo y sangro.

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Todo lo que hagas en la vida es insignificante, pero es muy importante que lo hagas porque nadie más lo hará.
Gandhi.

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